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Locales

El mensaje del Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

El domingo siguiente a la Pascua celebramos la Fiesta de la Divina Misericordia. Podríamos decir que es una consecuencia lógica, el fruto primero de la Pascua, en la que celebramos ese amor de Dios que: “no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn. 3, 17).

En la misericordia se manifiesta la plenitud del amor de Dios por cada uno de nosotros. Lo que nunca podemos negar de Dios es su misericordia, por ser la expresión mayor de su amor. Esta es una constante en la revelación que nos hace Jesucristo de su Padre, pensemos, por ejemplo, en la parábola del “hijo pródigo”. Esta certeza, que para san Pedro tiene mucho de experiencia personal, él la hace una oración de gratitud: “Bendito sea Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, nos hizo renacer, por la resurrección de Jesucristo, a una esperanza viva” (1 Ped. 1, 3). En Dios la misericordia no se opone a la justicia, diría que la supone y la supera en la dimensión creativa de su amor. Nos cuesta comprender a Dios con nuestras categorías humanas que siempre son limitadas.

Hay un texto de Santa Faustina, quién fuera la principal propagadora de esta devoción que puede chocar con nuestro modo de pensar, cuando dice: “y cuanto más grande es el pecador, tanto más grande es el derecho que tiene a Mi misericordia” (Diario, 723). Nos es fácil comprender la misericordia como una gracia, pero no tanto como un derecho que tiene el pecador. Sólo desde la fe es posible comprender esta dimensión del amor misericordioso de Dios que entregó a su Hijo: “para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga la Vida eterna” (Jn. 3, 16). Como vemos, la puerta para adentrarnos en el conocimiento y en la vida de Dios es la fe, que es algo que no siempre debemos suponer, nos recordaba recientemente el Santo Padre. El alimento de la fe, por otra parte, es la misma Palabra de Dios que nos abre a un conocimiento único y religioso de Dios. ¿Cómo conocer y comprender a Dios? La carta a los Hebreos nos lo dice de un modo claro y definitivo: “Fijemos la mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe, en Jesucristo” (Heb. 12, 2). Sólo en Él hemos conocemos y se nos revela plenamente el amor de Dios (cfr. 1, Jn. 4, 16).

Es esta contemplación del amor misericordioso de Dios la que nos llena de confianza, al descubrirnos como sus hijos predilectos en cualquier circunstancia que nos encontremos. Esta confianza, que es la esencia de la devoción a la Divina Misericordia, nos debe llevar, además, a una actitud activa de amor a nuestro prójimo. Es más, diría que la señal de que hemos comprendido esta dimensión del amor de Dios, es el testimonio de misericordia que demos ante nuestros hermanos. Cada uno deberá encontrar el modo de ejercer esta misericordia, que puede ser tanto una acción si es posible, como también una palabra dicha con amor, o una oración por aquella persona que Dios ha puesto en mi camino. En la vida cristiana todo don recibido debe convertirse en una tarea a realizar. En esa tarea que realizamos se percibe, por otra parte, la riqueza y la belleza del don recibido.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo

Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

ARANCEDO
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